La llorona
- macuentrecajas
- hace 7 días
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Yo la escuché": El testimonio real de Don Jacinto
Esta es la experiencia que vivió mi abuelo Jacinto, en el invierno de 1974, en un pequeño pueblo de Michoacán, y que marcó a nuestra familia para siempre.
Mi abuelo era un hombre recio, de los que no temía a los animales del monte ni a las tormentas. Trabajaba la tierra y, a veces, le tocaba regresar caminando por las veredas de tierra ya muy entrada la madrugada.
Esa noche, la neblina estaba tan espesa que apenas dejaba ver a un par de metros. Don Jacinto venía tranquilo, con su linterna de mano y su caballo, cuando de pronto, el animal se detuvo en seco. Empezó a temblar, a bufar con desesperación y se negó rotundamente a dar un paso más. Mi abuelo intentó calmarlo, el silencio se volvió total; cuenta que ni los grillos se escuchaban.
Fue entonces cuando oyó una voz nítida de mujer, rota por el dolor más profundo que se pueda imaginar, que soltaba un lamento largo y arrastrado.
El primer grito se escuchó lejano, casi como si estuviera al otro lado del cerro. Pero el segundo lamento, apenas unos segundos después, vibró con tanta fuerza que a mi abuelo se le erizó la piel del cuello: se escuchaba como si la mujer estuviera parada justo detrás de él, a centímetros de su espalda.
Miró de reojo hacia el camino y, flotando a unos palmos del suelo helado, vio una silueta blanca, delgada, envuelta en una especie de manto que se movía sin que hubiera brisa. El frío que se sintió en ese instante no era el del invierno; era un frío helado que le caló hasta los huesos.
Rezando lo único que recordaba y tirando de la rienda del caballo que estaba a punto de desbocarse, avanzó a paso rápido sin mirar atrás.
Llegó a la casa con el rostro pálido, desencajado y sin poder articular palabra durante horas. Le dio lo que en los pueblos conocemos como "el susto": una fiebre muy alta que le duró tres días y que solo disminuyó cuando una curandera del pueblo le hizo una limpia con hierbas y rezos para traer de vuelta su alma, que se había quedado atrapada en ese camino.
Cuando sus nietos le preguntábamos si era verdad lo de La Llorona, él se ponía serio, miraba hacia la ventana y nos decía: «Hay cosas en esta tierra que la mente no alcanza a comprender, pero que están ahí. Respeten la noche».



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